Indagando en la sección de los últimos años de la hemeroteca de mi memoria doy con un artículo de investigación —publicado creo que en el antiguo Diario independiente de la mañana— donde mencionaban que la mayoría de las adolescentes de hoy, infinidad de Jessicas y Toñis y Tamaras, perdían la virginidad entre los catorce y dieciséis años a través de los petes. Me niego a explicar a qué se referían con esto. Y que en determinados casos recurrían a este tipo de prácticas con sus compañeros para suplir la carencia de sus pagas y así poder salir el finde y acudir a las discotecas de tarde.
Por otro lado, llevamos años viendo en televisión las famosas grabaciones con móviles de palizas en los institutos y la violencia en las zonas de marcha de diferentes ciudades, no exclusivas de las bandas latinas, y noticias de padres que deben renunciar a la tutela de su prole por los malos tratos que estos les dedican e incluso, por azar en Internete, me he topado con un vídeo de unos chavales inmolando a un precioso Golden Retriever de forma similar a la cafrada de aquellos energúmenos que acabaron con una sin techo en Barcelona o de aquellos otros que violaron a una deficiente psíquica para luego atropellarla en repetidas ocasiones.
Lo último es la rocambolesca historia de seis malnacidos que se turnaron en Baena a la hora de forzar a una menor a plena luz del día y la opinión pública se escandaliza porque no pueden comprender que en un país como el nuestro sucedan estas cosas. Porque mi Robertito o Miguelín jamás haría algo así. Pero la realidad es que existe un problema de fondo real y apabullante que pone de manifiesto que hay un problema. Que algo falla en la educación de las nuevas generaciones. Y la responsabilidad última, no nos engañemos, reside en esos padres que apenas hablan ya con sus hijos y los sueltan en los colegios donde los maestros están en muchos casos atados en corto a la hora de castigar o aleccionar porque, piénsenlo señores, los papás y mamás no están dispuestos a escuchar lo cabrón que es el nene.
Por otro lado, llevamos años viendo en televisión las famosas grabaciones con móviles de palizas en los institutos y la violencia en las zonas de marcha de diferentes ciudades, no exclusivas de las bandas latinas, y noticias de padres que deben renunciar a la tutela de su prole por los malos tratos que estos les dedican e incluso, por azar en Internete, me he topado con un vídeo de unos chavales inmolando a un precioso Golden Retriever de forma similar a la cafrada de aquellos energúmenos que acabaron con una sin techo en Barcelona o de aquellos otros que violaron a una deficiente psíquica para luego atropellarla en repetidas ocasiones.
Lo último es la rocambolesca historia de seis malnacidos que se turnaron en Baena a la hora de forzar a una menor a plena luz del día y la opinión pública se escandaliza porque no pueden comprender que en un país como el nuestro sucedan estas cosas. Porque mi Robertito o Miguelín jamás haría algo así. Pero la realidad es que existe un problema de fondo real y apabullante que pone de manifiesto que hay un problema. Que algo falla en la educación de las nuevas generaciones. Y la responsabilidad última, no nos engañemos, reside en esos padres que apenas hablan ya con sus hijos y los sueltan en los colegios donde los maestros están en muchos casos atados en corto a la hora de castigar o aleccionar porque, piénsenlo señores, los papás y mamás no están dispuestos a escuchar lo cabrón que es el nene.



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